sábado, abril 12, 2014

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Abro los ojos.

Camino rápido. La ciudad me envuelve y agobia en la humedad, que se palpa, se respira, se transpira. Me caen gotas frías, indiscretas, me pinchan la nariz, un hombro, el dedo meñique. Camino. Casi corro.  El libro y la tablet en una bolsa, en otra, y envueltos en el piloto. No me molesta mojarme yo, pero que no se me mojen las cosas.

Abro los ojos.

Una mochila con carrito, de la mano de un nene de uniforme, chiquito, con el pelo despeinado, de la mano de una señora de pollera larga y zapatitos. El nene mira un quiosco, mira las golosinas, se le traba la mochila, yo la esquivo y sigo.

Abro los ojos.

Una caca de perro, que esquivo apenas. El perro, unos metros más allá, sentado en el piso, empacado, mientras la dueña trata en vano de que siga caminando. El perro parece un felpudo con ojos, la señora, una prima lejana de las brujas de Salem. Paso por encima de la caca, por el costado del perro, por el frente de la señora y sigo.

Abro los ojos.

Dos policías, uno más acá, otro más allá, flanqueando la vereda, rota por las raíces ondulantes de un árbol viejísimo, que todavía debe estar preguntándose cuándo lo invadimos así, cuándo lo obligamos a esconder sus raíces como si fuera algo vergonzoso, cuándo lo obligamos a tolerar el ruido constante, el meo de los perros y la basura de la gente. Un tercer policía le hace señales a los otros dos, les indica un tres con la mano, los otros parecen entender y hacen algo. Paso entre medio de los policías, piso suavemente una raíz del árbol, lo miro con respeto y sigo.

Abro los ojos.

Estoy por cruzar la calle. Los autos están parados en el quilombo de una calle estrecha en el caos de las 6 de la tarde. Me llevo la mochila hacia adelante porque me está transpirando la espalda. Estoy por cruzar y aparece un taxista. Rapado, salvo por el flequillo que se dejó en la frente. No tendrá más de 20 años. Lo miro pero no a los ojos, me mira pero esquiva la vista. Trato yo, trata él, lo dejo pasar. Pasa otro atrás. Los dejo pasar, parada en la calle, y sigo.

Abro los ojos.

Al otro lado de la avenida una chica se esconde atrás de la espalda de un flaco. Se ríe, se esconde, lo abraza desde atrás. El chico mira a lo lejos, para cruzar, y le aprieta la mano. El semáforo da en rojo para los autos, en tipito blanco que camina para la gente. Cruzo, cruzan, nos cruzamos. La chica se sigue riendo, de la mano de él. Ella tiene las cejas pintadas y el pelo teñido, él, un morral y unas zapatillas naranja flúo. Llego a la otra vereda y sigo.

Abro los ojos.

Un chico corre en la esquina opuesta, con la funda grande de una guitarra en la espalda. Corre para no mojarse, yo lo miro porque creo que lo conozco, pero no. Él cruza, yo cruzo, nos encontramos en la esquina, él sigue corriendo, yo sigo.

Abro los ojos.

No hay nadie. Espero sola en la esquina para cruzar, siento las gotitas cada vez más pesadas en la ropa, en la cara, en el pelo. Miro al cielo. Estoy abajo de un parche celeste de cielo despejado, pero me llueve igual. El cielo está indeciso, tiene manchones grises, huecos celestes, franjas blancas. Llueve. Está en rojo, pero no pasan autos. Cruzo y sigo.

Abro los ojos.

Otro par de ojos, y esta vez, me miran a mí. Ojos marrones, tranquilos, que disfrutan la lluvia. Me miran, me sonríen. De todas las personas, las cosas, los perros, los árboles, los autos, los caos, los mundos, me miran a mí. Eligen mirarme a mí, y me sonríen. Sonrío.

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