martes, diciembre 15, 2009

recolección de bocetos viejos

historias contadas por un cuaderno que, cada tanto, se levanta y habla. temas varios, atemporales.
Preguntas
Preguntas ahogadas por un dolor que conozco y no sé enfrentar, y por una birome que después de tantos años de leal servicio decidió fallar.
Preguntas que no me atrevo a hacer, no tanto por el miedo a las respuestas sino al sólo hecho de formularlas.
Preguntas que enterré y me prometí no sacar a la luz, porque involucran un dolor que no es sólo mío. Preguntas que no pertenecen tanto a mi historia sino a otra, anterior a mí. Preguntas que hacen sangrar a un corazón demasiado viejo y dolorido como para ponerse a recordar, a abrir antiguas heridas.
Preguntas pasajeras, me parece, que duran lo que tarda un auto en atravesar una ciudad.
Preguntas que se anudan y enredan en mi garganta y no me dejan tragar.
Preguntas que necesitan salir, y por eso brillan en mis ojos, pero como voy en la parte de atrás nadie las ve gritar.
Preguntas que se enciende a la vista de una guardería (a la que esa voz amada me dice que una vez fui -fue él a buscarme alguna vez?), de una calle que recorrimos de la mano, de casas y caminos, lugares que conllevan recuerdos escondidos en lo más recóndito de mi memoria. Y busco, busco información sobre un rostro, imágenes de un lugar, el contacto de una mano aferrándose a otra, en vano...



El mar

Era como el mar. Pero no en el sentido clásico, esa común y archiconocida metáfora; o quizás sí pero en un sentido mucho más profundo, en una nueva lectura. Traicionera, dirían algunos. Pero no, tampoco es eso.
Ella era como el mar. Pero no porque fuera cambiante, ni salvaje, ni indomable. Ni siquiera por que sus ojos fueran del color del agua y su piel del color de la espuma y su pelo del color de la arena. No tenía nada que ver con eso.
Era, simplemente, su forma de ser, de conocer, de querer.
Al principio, cuando recién se le acercaban, les mojaba suavemente los pies, suave pero gélida y distante, casi indiferente, como si fuera un encuentro incidental. A quien se le acercaba un poco más lo empujaba hacia afuera de una manera más decidida, marcando con firmeza el límite entre ella y los demás, entre la tierra y el agua. La fuerza y la determinación con la que los rechazaba eran evidentes -casi se diría que su disgusto era evidente- y se potenciaban contra todo aquél que se atreviera a intentar acercarse a su centro. Los golpeaba con dureza, los repelía hacia atrás y hacia los costados, impidiéndoles el paso, retrocedía un poco y volvía al ataque hasta incluso hacerlos caer y revolcarse contra la arena del fondo. Todo su arsenal defensivo se ponía en marcha en momentos como éste. Pero si había una sola persona con la persistencia suficiente como para aguantarlo todo, se encontraba después de un momento con que había cruzado una línea, imposible de definir o establecer con claridad, y que todo se hacía de repente más calmo. Y es que el mar, perplejo ante inutilidad de sus defensas, se había quedado sin saber qué hacer. Y luego, poco a poco, empezaba a mecer al recién llegado con olas suaves y tranquilas, algunas grandes, otras pequeñas, pero ninguna violenta. Y así, sin darse cuenta, lo iba arrastrando lentamente hacia su centro, hacia lo más profundo de su ser, jugueteando con ondas tibias y peces de colores; todo en su afán de contactarlo con aquello que no se revelaba jamás. Mientras el otro, embelesado y arrullado por el canto de tanta tranquilidad, avanzaba con pasos inestables sobre el fondo, buscando un equilibrio inexistente, hasta descubrir -muy tarde ya- que no podía seguir haciendo pie y que la oscuridad del mar aumentaba y lo envolvía, sumergiéndolo en sus secretos; acababa por morir ahogado en el vientre del mar, ahogado por amor, por su exceso de amor, mientras el mar seguía susurrando historias de sirenas, de barcos, de calamidades, de amores, incapaz de darse cuenta de nada hasta que la nada estaba hecha, irreversible y fatal. Y, una vez más, esa línea divisoria, tan frágil y cambiante, tan decisiva entre la vida y la muerte, era algo que ni el propio mar sabía bien dónde estaba ni cómo evitarla.

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