jueves, octubre 25, 2007

terraza

El cielo poco a poco se va poblando de estrellas, a medida que el ojo se acostumbra al contraste de la blanca luminosidad de la luna, brillante como un sol, y la negra profundidad del cielo. Y yo, mientras, escribo sin ver con un lápiz sin punta sobre un papelito arrugado que encontré en mi bolsillo; la clase de lápices y papelitos que siempre me sacan de apuro, anotando una tira interminable de invisibles palabras. Y digo invisibles porque escribo "a tientas", porque la luz de la luna es traicionera y permite ver otro lado del mundo, cosas que van más allá o más acá pero nunca exactamente acá, no pertencen al campo de visión normal. Un cambio de perspectiva, digamos. Cambio de enfoque, o más bien de foco, resaltando cosas que antes estaban ocultas. Y mientras tanto, más estrellas aparecen -débiles, temblorosas- a medida que mis ojos se internan en la noche y la luna me enseña lo que quiere que vea, lo que vale la pena ver, cuáles son las más brillantes y cuáles no, qué es lo verdaderamente importante y qué no, qué es lo que el mundo tiene para dar y yo no sé apreciar, no sé ver. Y el viento me da frío y me da cosquillas, juega con mi pelo y con mi paciencia, se burla de mi abrigo y se mete por donde puede, y en un revuelo de emoción hace volar los papelitos arrugados, papelitos firmados, fieles soportes de delirios y promesas.
Dicen que los ojos son la ventana del alma, pero desde mi terraza no veo ojos y sin embargo veo muchas ventanas a muchas almas, a muchas vidas, a lo que las personas hacen cuando creen que nadie las está mirando, entonces lo hacen de noche, junto a la ventana, como si desafiaran al resto jugando a ser ellos mismos. Pero en el fondo ruegan que alguien los vea; por eso la ventana, por eso las luces encendidas, confían en que la distancia y la hora los protejan de tener que enfrentar a quienes los ven pero en el fondo anhelan que los miren igual, que alguien se fije en su existencia sin que ellos lo noten, que alguien -por fin- llene el silencio de su noche mirándolos, contemplándolos. Que se de cuenta de que están siendo ellos mismos, pero que les da miedo hacerlo de día. Y entonces, disimuladamente, miran a través de sus ventanas hacia terrazas, balcones, otras ventanas, con la esperanza de ver a un igual, a alguien que esté haciendo lo mismo que ellos y que puedan mirarse sin verse, sonreírse sin querer, conscientes y felices de que no están solos, de que se están revelando a alguien como son, sin vueltas ni disfraces, porque a la noche no hay disfraz que valga, de noche todo sale a la luz tal cual es. Pero estas ventanas nunca se cruzan, nunca se ven, porque siempre son una o dos por edificio, no más que eso. Y siempre da la puta casualidad de que nunca son en el mismo piso o del mismo lado de la calle o del edificio ni a la misma hora. Pero están ahí, expectantes, y lo saben. Por eso siguen asomándose, tímida pero infaliblemente, porque algún día, tal vez, quién sabe, quizá alguien se asome a la ventana y entonces...

2 comentarios:

norman dijo...

las tres marias se ven,
y orion nos hace mirar fijo, hasta ese punto en donde nos damos cuenta de todas las estrellas que nos rodean, pero cuando queremos enfocarnos, no las encontramos.
y en frente una bicicleta que disimula volar, y que casi nadie tiene la posibilidad de ver, pucha, que mala suerte.


y una estrella brilla envolviendose en mil colores diferentes, tal vez, personas ajenas a la tierra nos estan cuidado, o nos hablan en codigo morse avisandonos de una futura catastrofe.



ya no me da miedo subrir esas escaleras.

norman dijo...

ah.


estar en paz
es tener al lado a la persona mas conocida del mundo,
poder mirar juntos el cielo
y sentirse protegidos.